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EUROPEAN CIVIL PROTECTION AND HUMANITARIAN AID OPERATIONS
Stories from the field

¿Qué me dejaste, Guate?

MARIO MARTY in Guatemala
Organisation
Movimiento por la Paz, el Desarme y la Libertad - MPDL
About the Project
Soy Mario Marty, periodista, videógrafo, y voluntario de comunicación en la misión de Movimiento por la Paz -MPDL- en Guatemala en el marco del programa EU Aid Volunteers. Aunque inicié el mes de febrero pisando por fin aquellas lejanas tierras, la emergencia sanitaria provocada por la COVID-19 ha asestado un corte transversal de dimensiones épicas a una experiencia que se presentaba, y lo hizo a pesar del escaso tiempo transcurrido, como una escuela de vida.

Cuando se viaja a un continente tan diverso como América Latina, la nueva realidad social es como una tormenta tropical que estalla y amaina en breves minutos. Primero ves esos grandes nubarrones negros acercándose, amenazadores e inquietantes, como las noticias e ideas preconcebidas con las que se nos asalta antes de cruzar el charco; después la lluvia arrecia sin parar, dura y sin piedad para quien no corre a refugiarse o no ha prestado la debida atención; luego sale el sol y llega la calma, pero la atmósfera ha cambiado y tu ropa mojada tarda en secarse. Bizqueas mirando al cielo y a ese sol deslumbrante, preguntándote si lo que has vivido es real, pero vaya si lo es. Como esa tormenta, Guatemala no espera a que te pongas a salvo para observar. Te golpea rápido y con crudeza, así que más te vale mantener los ojos bien abiertos.

La actividad de mi voluntariado EU Aid Volunteers se centraba en la capital: Ciudad de Guatemala. Allí la realidad es salvaje y se vive día a día, la imagen perfecta de la jungla urbana en su máxima expresión. La ciudad se yergue como un animal de asfalto con forma de caracol, un galimatías multiforme de zonas y colonias para el novato, que esconde un universo diferente casi calle a calle. Muchas veces, por las noches, me sorprendía ver aquella extensión de luces que escalaba las colinas y que se apagaba misteriosamente en algunos puntos, como un agujero negro y descarnado que ocultaba los asentamientos informales, aquellos cuyo nombre levantan una mueca extraña entre las personas que los conocen bien.

La desigualdad es el gran elefante en la habitación, con zonas tremendamente adineradas, repletas de servicios, hoteles, centros comerciales y espacios residenciales cerrados a cal y canto las 24 horas del día, con seguridad privada, piscinas y parques. La otra cara de la moneda es igualmente difícil de tragar, allí donde la violencia no se esconde y las personas patean las calles en busca de algo con lo que sobrevivir una jornada más. Sin embargo, como suele pasar en estos casos, es más fácil encontrar una sonrisa verdadera en ese hombre que empuja su carrito con frutas, o en esa mujer que te anuncia desde su puesto que le ha llegado otra vez el queso que te gusta.

Mi voluntariado EU Aid Volunteers en Guatemala finalizó tan rápido como empezó la alarma social ante la COVID-19 en el país. De un día para otro, tras meses mirando de reojo y con cierto escepticismo lo que ocurría en Europa, las fronteras se cerraron, las mascarillas inundaron los lugares públicos y la cola se formó en las entradas de los supermercados. La misión se había preparado de antemano, recurriendo al teletrabajo en casa y al confinamiento autoimpuesto. El tsunami se veía venir.

El teléfono suena indicando un número desconocido. Es la Embajada de España. El último vuelo que sale de Centroamérica a Madrid despega en apenas un par de días. No hay despedidas, ni abrazos, ni besos. Tantas cosas por decir que se quedan en el limbo entre la mente y los labios. No hay tiempo para nada. O casi.

Hay tiempo para recordar, eso siempre. Como esa tormenta, Guatemala ha descargado su furia, me ha empapado y ha desaparecido. Allí quedan mis compañeras de misión, de las que tanto he aprendido en estos dos meses. Ellas, guatemaltecas, son un grupo de mujeres fuera de lo normal. Decidieron dejar de cerrar los ojos, combatir la parálisis de una sociedad anestesiada por el miedo y dedicar una parte de sus vidas por amor a su gente. Un patriotismo verdadero, alejado de banderas y símbolos vacuos. Me enseñaron que Guatemala está herida, pero ni mucho menos muerta, porque gente como ellas no lo va a permitir.

En otro claro ejemplo de esto, el voluntariado EU Aid Volunteers me ha permitido acercarme a la realidad de las personas que más luchan, las que más sufren la enconada persecución del sistema. Las defensoras de Derechos Humanos, y en especial aquellas que defienden el territorio de la impunidad de la industria energética extractiva, aguantan la furia y la violencia plantadas ante los camiones que se llevan sus recursos. Conocer las historias de algunas de estas mujeres ha sido sin duda una dura experiencia; un recordatorio de lo que fuimos y hemos dejado de ser, pero que en ellas sigue grabado a fuego y sangre. Ellas son el último bastión que nos une a un medio que seguimos habitando, pero que ya hemos dejado de sentir.

Con ellas, Guatemala prevalecerá. En eso pensaba mientras el avión se elevaba y veía alejarse aquel paisaje de montañas que echan humo. Suerte Guate. Volveremos a vernos.

Las Defensoras de Derechos Humanos son el último bastión que nos une a un medio que seguimos habitando, pero que ya hemos dejado de sentir.
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